Thursday, December 30, 2004

Pasé la semana sintiéndome la mujer más falsa del planeta. Un auténtico fraude. Ninguna persona de las que me ven a diario, nadie que me conoce, sabía que mientras hablaban con Linda, mujer cabal, madre trabajadora, Linda pensaba en llamar a un perfecto extraño para aceptar su proposición de follar por dinero.

Intentaba quitarle hierro al asunto, diciéndome que no era un chico tan extraño, que esa era su fantasía, como la de otros follar en un avión con una azafata, por poner un ejemplo.

Una noche, tras acostar a mi hija, me dio un bajón. Verla en cama, durmiendo, con esa cara de inocente, me torturó más que todas mis especulaciones y pajas mentales anteriores juntas. Me sentí sucia, indigna, mala madre.

Lloré.

Pensé en como me había excitado la idea de que Daniel me forzara contra mi voluntad, no porque le viera capaz de hacerlo, aunque eso nunca se sabe, y menos el primer día que hablas con alguien. Me excitaba pensarme como mujer sumisa, a la que el hombre domina, supongo que porque nunca he dejado que ninguno lo hiciera.

Me di asco.

Lo que pensaba iba en contra de todo lo que yo creía, o había creído.

El caso es que ya ni sabía lo que creía.

Sólo sabía que necesitaba ducharme.

Apagué el cigarro en el vaso de tinto, y me fui al baño.

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