Thursday, December 30, 2004

La siguiente espera fue ardua. Él empezó a fomentar el deseo mandándome mensajitos al móvil. No tenía idea de que no era necesario. Yo ya tenía mi fantasía montada. Estaba prácticamente decidida a reunirme con él en un hotel. No quería que me recogiera en ninguna parte. Quería ir yo a su cuarto, y que él me estuviera esperando...y hacerle esperar un poco.

Según mi estado de ánimo, mi fantasía era de una manera u otra. Si me sentía asquerosa, no podía evitar convertir aquello tan sórdido en algo sublime, imaginándome una noche romántica llena de sexo, alternando entre lo salvaje y lo dulce, en un cuarto lleno de pétalos de rosa, de velas, y botellas de champán francés, fumando maría, intensificando el placer, saboreando nuestras pieles, lamiendo, chupando, cubiertos de burbujas alcohólicas...

Claro que si me pillaba en un momento erótico, a las tantas de la noche, ni pétalos ni hostias. Me veía entrando por la puerta de su cuarto, con apenas tiempo para respirar antes de que se me echara encima, y sin quitarme la ropa siquiera, me penetrara de pie, contra esa misma puerta. Y luego...luego lentamente continuarímos explorándonos, agotando nuestras provisiones de látex.

Lo que más me confundía en esas semanas de espera, era que a veces, en mi fantasía, su cara cambiaba, tanto en los momentos salvajes como en los tiernos, me aparecía otra cara; otra cara que yo maldecía, otra cara que yo deseaba tener entre mis manos y cubrir de besos.

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