Friday, December 31, 2004

Es jodido desearlo y tenerlo tan lejos.

Él me dice que debo sentirme feliz por lo bien que nos salió todo, sin haberlo esperado. Que lo que tenía que haber ocurrido ocurrió y para bien. Que no hay motivos para sentir pena. Claro.

En cambio yo siempre quiero más.

Me jode bastante que lo bueno sea tan efímero qué quieres que te diga. No soy una mujer conformista. No me consuela pensar en los momentos buenos. Me frustra. Yo lo que quiero es vivirlos, no recordarlos.

Soy joven y tengo mucho que dar. Sé que podría hacer feliz a algún hombre, y me pone de los nervios encontrar tanto alma afín por internet, todos a mil leguas de mí, por supuesto. La puta vida no iba a ser tan complaciente como para colocármelos al lado de casa. Está claro.

Sí, hablo en plural, porque he conocido a unos cuantos, para qué negarlo. A alguno lo he conocido en carne y hueso también. Y utilizo la expresión "carne y hueso" intencionadamente.

Si es que al fin y al cabo, en ocasiones, este medio resulta ser como una página de contactos para seres etéreos con necesidades muy, pero que muy, terrenales.
Duele la distancia que nos separa porque me duele el hambre que su recuerdo despierta.

Todavía quiero lamer los labios y paladear el sabor de su piel, de su boca, de su polla...

Todavía quiero cerrar los ojos y olerlo, y sentir bajo las yemas de mis dedos como se enciende conmigo, como me desea, como consigo transportarlo...

Quiero revivir el placer de sentirlo relajado en mis brazos, tras absorberme, tras fumarme como si yo fuera esa maria que compartimos bañados por la luz ténue de su cuarto...envueltos en aquella música...

Quiero mantener ese recuerdo vivo, intacto, puro, pero me resulta imposible, porque está mancillado por el recuerdo de la lujuria rastrera que lo ha reemplazado.
Me ofreció la intimidad de su casa y la acepté.

Habíamos entrado en aquel café como conocidos que sólo se habían visto el alma, sin apenas haber tenido tiempo a mirarnos bien físicamente.

Y salimos de allí cogidos de la mano.

Y no lo follé esa noche.

No.

Lo amé.

Con toda mi esencia.

Con toda mi piel.
Cité a C por messenger para contarle mi plan. Claro que le gustaría verme, pasar tiempo conmigo...por qué no iba a querer, somos amigos, yo iba a su ciudad, lo lógico sería quedar para tomar algo...sin mayor importancia...un café es un café...se toma con cualquiera...

No era la primera vez que quedaba con un blogger, pero sí la primera vez que me dirigía a una cita de este tipo con tantas mariposas en el estómago, con tanto sentimiento revuelto, con tantas ganas de decirle que me deshacía pensando en besarle...y con tanta certeza de que el sentimiento no sería correspondido.

Por eso me dejó anonadada cuando al volver del baño se sentó a mi lado, me cogió la mano y me miró a los ojos... y me besó... y nos besamos durante no sé cuanto tiempo en aquel café sin importarnos quien nos estuviera mirando... y no me hacía falta respirar porque su aliento me daba vida... y al deslizarse mi camiseta hacia arriba, su mano en mi cintura tocaba mi piel... y yo me encendía cada vez más... y no me sentía capaz de controlar el deseo de desnudarlo allí en público...y le dije que nos fuéramos de allí...
Le pedí tiempo a Daniel convencida de que cuanto más lo aplazara menos ganas tendría él de llevarlo a cabo.

Supongo que me resultaba más fácil dar pie a que él se cansara de esperar que tomar una decisión. Estaba harta de tener que tomar siempre las decisiones. Por una puta vez en mi vida quería que me viniera todo rodado, sin tener que currarme nada, y que lo que viniera me hiciera bien, que me aportara bienestar.

Querer algo es muy lícito,sí. Esperar que ocurra es ingenuo.

Desde finales de octubre hasta martes 28 de diciembre, evité contactar con Daniel, exceptuando algún que otro mensaje de texto al móvil. Me llamó dos veces en ese tiempo, no para presionarme, decía, que me tomara mi tiempo, pero que no lo descartara...

A principios de noviembre tomé una decisión. Pedí prestada una pequeña cantidad de dinero, y decidí desplazarme unos días a otra ciudad con el fin de materializar el abrazo deseado.
Ayer no paré de teclear, de escupirlo todo.

En realidad no todo.

Quedó mucho por contar...Hoy debería estar preparándome para los festejos de esta noche, pero no me apetece. La niña está en casa de sus abuelos paternos hasta el lunes. No pienso quedar con nadie. Los que me importan están lejos... No hay nadie aquí que me apetezca ver.

Tengo tiempo a compadecerme y a lamerme las heridas.

Y a matarme a pajas pensando en "él".

Thursday, December 30, 2004

Esa noche, en vez de estar follando como una loca con un tío que me pagaría 300 euros por el placer, enchufé el ordenador y lo busqué a "él". Buscaba una excusa para no acudir a esa cita con Daniel. Buscaba una palabra para esclarecer mis dudas, que me diera un poco de sentido, que disipara esas malditas nubes que llevaba en la cabeza y en el corazón.

Pero "él" no apareció. Ni contestó a mis correos. No dio señales de vida.

Fue la excusa que me hacía falta. Necesitaba exorcizar su demonio con otro, y qué mejor manera que prostituyéndome.
Y llegó el día de la llamada, y le pedí más tiempo.

Sí, me rajé.
La siguiente espera fue ardua. Él empezó a fomentar el deseo mandándome mensajitos al móvil. No tenía idea de que no era necesario. Yo ya tenía mi fantasía montada. Estaba prácticamente decidida a reunirme con él en un hotel. No quería que me recogiera en ninguna parte. Quería ir yo a su cuarto, y que él me estuviera esperando...y hacerle esperar un poco.

Según mi estado de ánimo, mi fantasía era de una manera u otra. Si me sentía asquerosa, no podía evitar convertir aquello tan sórdido en algo sublime, imaginándome una noche romántica llena de sexo, alternando entre lo salvaje y lo dulce, en un cuarto lleno de pétalos de rosa, de velas, y botellas de champán francés, fumando maría, intensificando el placer, saboreando nuestras pieles, lamiendo, chupando, cubiertos de burbujas alcohólicas...

Claro que si me pillaba en un momento erótico, a las tantas de la noche, ni pétalos ni hostias. Me veía entrando por la puerta de su cuarto, con apenas tiempo para respirar antes de que se me echara encima, y sin quitarme la ropa siquiera, me penetrara de pie, contra esa misma puerta. Y luego...luego lentamente continuarímos explorándonos, agotando nuestras provisiones de látex.

Lo que más me confundía en esas semanas de espera, era que a veces, en mi fantasía, su cara cambiaba, tanto en los momentos salvajes como en los tiernos, me aparecía otra cara; otra cara que yo maldecía, otra cara que yo deseaba tener entre mis manos y cubrir de besos.
Pasaban los días y yo me torturaba. Es lo malo que tiene no poder decírselo a nadie. Es lo malo que tiene querer hacer algo que sabes te dañará. Es como cuando te comes ese bocata a las doce de la noche, sabiendo que te va directamente a las nalgas, y que además dormirás fatal y te sentirás sumamente estúpida por haber sucumbido.

Cuando ya me quedaban dos días para "la llamada", enfermé. Un catarro común de esos que tocan las narices. Malestar general, dolores de cabeza, tos...No me hizo falta darle ninguna explicación cuando llamó el viernes. Se me notaba al hablar.

Aplazamos la cita.

Dos semanas más de tortura,pensaba yo.

Mientras tanto evité el messenger.
La segunda semana de octubre, ya de vuelta a mis bocatas habituales, a mis cafés, a mi vino y mis abundantes platos de pasta, resignada pensando que Daniel quería pagar por follar, que no era yo la que le ponía, que le daba igual que fuera yo u otra, me sentí más tranquila. Casi me parecía que lo había soñado, y me convencía a diario de que el mítico encuentro no tendría lugar.

Una noche a mediados de mes, me encontré por messenger con un chico que llevaba tiempo sin aparecer; otro más de la lista de chicos que se enrollan muy bien al principio porque no tienen nada mejor que hacer, y les resuelves unas horas, para luego desaparecer cuando algo, o alguien, más tangible les ocupa las horas. Aunque este chico era distinto. Yo había intuído algo más profundo en mis intercambios con él. Llegué a pensar que se apartaba de mí porque temía involucrarse más. Aunque también pensé que me ignoraba porque ya se había aburrido de mí. Dependiendo del día que llevase yo, lo explicaba de una manera u otra. Lo que sí sabía con certeza era que lo echaba de menos, que maldecía la distancia que nos separaba, y que me había pasado noches y noches haciéndome pajas bestiales que me dejaban el coño en carne viva, imaginando que no eran mis dedos, sino los suyos, o su lengua...

Y esa noche lo tenía ahí, delante mía, parpadeando en una ventana deseosa de abrirse, y yo no me atreví a abrirla, porque no soy capaz de fingir, porque no podía hablar con él tranquilamente, sabiendo que en esta ciudad había un chico esperando a pagarme 300 euros, como "regalo" para follarme hasta volverme loca, sabiendo que lo que realmente deseaban todas mis yos era hacer el amor con "él".
La primera semana de octubre estuve irascible al máximo. Andaba de un lado para otro como una gallina sin cabeza corriendo sin rumbo por el corral. Entre los nervios, la inseguridad, la incertidumbre y el asco, no conseguía relajarme y lo pagué con mi hija, con mis padres, con mis compañeros de trabajo, con mis amigos....todos ellos ajenos a que la gran fraudulenta Linda no era lo que parecía.

Hacía meses que no me acostaba con nadie.

En parte porque sólo había salido en cuatro ocasiones en otros tantos meses, y también porque no me decían nada los chicos que se me acercaban cuando salía. A las dos de la mañana en un pub es muy poco probable que alguien te invite a tomar algo y a dialogar sobre algo que no sea el tamaño de tus tetas o tu culo. No soy ninguna puritana tampoco, pero incluso para follar tengo que notar química, notar que la atracción, por muy visceral que sea, tiene algo que va más allá de lo que es juntar dos trozos de carne.

Necesito que me estimulen la mente, para encender el cuerpo. De lo contrario me basto con mis pajas diarias para correrme sin más.

Me preocupaba mi cuerpo, mis kilos de más, mi largo tiempo en paro sexual. Daniel parecía muy seguro. De lo único que estaba yo segura era de que me moría de ganas de comérmelo todo.

Decidí ponerme a dieta y hacer ejercicio. Tenía tres semanas y todavía podía hacer "algo". Una voz me decía que no me molestara, que ya le había gustado, que llegado el momento del calentamiento el buen hombre se fijaría más bien poco en si me sobraba algo.

Aún así me puse a lechuga y verduras.
Pasamos una hora al teléfono. En ningún momento me faltó al respeto. Cortés, irónico, educado, gracioso, inteligente, elocuente, no sabía que ya me tenía en su telaraña. Tenerme físicamente era puro trámite.

En ningún momento me preguntó por mi vida. Lo tomé como una clara indicación de que marcaba distancias emocionales. Él lo había dicho. Era un trato. Era un negocio placentero, un placer negociado.

Los últimos diez minutos de la conversación se dedicaron a buscar una noche de sábado que nos fuera conveniente a los dos. No fue fácil. En fines de semana alternos estoy con mi hija. Los fines de semana que yo "libraba", él tenía "planes alternativos". No pude evitar pensar en cuántas más tendría en su maldita red...

Quedamos para el último sábado de Octubre. Me llamaría él, para no hacerme sentir más apuro. Me recogería donde yo quisiera y me llevaría a un hotel si la idea de ir a su casa me intimidaba demasiado. Me había intuído. Me imaginaba más segura en un hotel que en su casa, y sin embargo sentía curiosidad por ver cómo vivía...No lo tenía claro, le dije, ya confirmaríamos el lugar.

Al despedirnos sentí un ligero pánico, y empecé a sudar. ¿Cómo iba a poder vivir de manera normal durante un mes con eso en mente sin poder decírselo a nadie?

En ese momento pensé en empezar un blog, para desahogarme. Luego me pareció una tontería...¿Y si al final no resultaba? En un mes podría ocurrir de todo, y tal vez incluso se olvidara de llamar.

Esa idea me tranquilizó. Sí, claro, tal vez podría olvidarse de llamar y entonces yo no tendría que arrepentirme de nada...ni de haber ido, ni de no haber ido.
Decidí llamarle y decirle que no aceptaría su dinero, que esa era mi condición, que no me importaría pasar una noche loca con él, pero no como puta.

No tenía claro que yo fuese a llamar. Se alegraba mucho de que yo decidiera aceptar su proposición, pero tenía que comprender que si no cumplía las normas no habría trato. El trato era sexo por dinero, como si luego lo quisiera donar a una ONG a él le daba igual, pero yo tendría que irme de su casa con el dinero.

Me sentí ofendida. Había llegado a creer que si estaba dispuesto a pagar tanto por acostarse conmigo, era porque realmente tenía ganas de mí, y que por lo tanto lo haría sin estúpidas normas de por medio. Y ahora estaba viendo que si no aceptaba su dinero, no querría acostarse conmigo.

No era yo la que le ponía, era la situación.

Me indignó. Se lo dije. Le llamé imbécil por pagar por algo que podría tener gratis. Y al insultarle me di cuenta de lo que le estaba diciendo. No puede concebirlo de la misma forma que yo, porque le sobra el dinero. No sabe qué hacer con él. Le hace gracia pagar por follar a una chica que "nunca lo haría", igual que le haría gracia pagar una millonada por cerrar Harrods un día para darse el gustazo de pasear por allí y robarse un lápiz.

Pajas mentales de Linda, para justificarse, para restarle importancia y magnitud al hecho de querer prostituirse por sexo, cuando "nunca lo haría" por necesidad.

Y estaba más necesitada de dinero que de sexo.
Pasé la semana sintiéndome la mujer más falsa del planeta. Un auténtico fraude. Ninguna persona de las que me ven a diario, nadie que me conoce, sabía que mientras hablaban con Linda, mujer cabal, madre trabajadora, Linda pensaba en llamar a un perfecto extraño para aceptar su proposición de follar por dinero.

Intentaba quitarle hierro al asunto, diciéndome que no era un chico tan extraño, que esa era su fantasía, como la de otros follar en un avión con una azafata, por poner un ejemplo.

Una noche, tras acostar a mi hija, me dio un bajón. Verla en cama, durmiendo, con esa cara de inocente, me torturó más que todas mis especulaciones y pajas mentales anteriores juntas. Me sentí sucia, indigna, mala madre.

Lloré.

Pensé en como me había excitado la idea de que Daniel me forzara contra mi voluntad, no porque le viera capaz de hacerlo, aunque eso nunca se sabe, y menos el primer día que hablas con alguien. Me excitaba pensarme como mujer sumisa, a la que el hombre domina, supongo que porque nunca he dejado que ninguno lo hiciera.

Me di asco.

Lo que pensaba iba en contra de todo lo que yo creía, o había creído.

El caso es que ya ni sabía lo que creía.

Sólo sabía que necesitaba ducharme.

Apagué el cigarro en el vaso de tinto, y me fui al baño.
No tenía que pensármelo demasiado. Al menos no la parte correspondiente a si quería o no pasar una noche follando en su casa. Eso lo tenía claro en el momento en que me dio su número. Lo que no tenía claro era si le llamaría.

Pasé esa semana en una nube. No era yo la que iba a trabajar, la que cuidaba a mi hija, la que seguía chateando por el messenger con otros amigos como si nada. Yo era la que se consumía debatiéndose entre el hambre que me despertaba Daniel y el asco que me producía saber que quería pagar por utilizar mi cuerpo, como si no fuera el envoltorio que cubría mi alma. No conseguía entender por qué se empeñaba en darme dinero. Si no fuera por ese detalle no lo habría dudado, y tal vez, probablemente, quizá, me hubiera ido con él aquella misma noche. Y supongo que probablemente ahí radicaba parte de la razón. Razoné que lo que él quería era poseer a alguien que no sólo disfrutara plenamente del sexo, sino que sintiera la locura de rozar unos límites, de ir más allá de lo convencional. Y razoné también, que le gustaba esa sensación de poder, de sentir que puede tener lo que quiera con ese dinero que ya no valora, de encontrar una mujer dispuesta a dejarse llevar sexualmente, una mujer con fuerza que se dejara someter hasta ese punto.

Y más que razoné, y más...y más...porque no tenía idea, ni tengo, de por qué alguien como él pensaba así.
Aquella noche que nos conocimos, hace ya tres meses, estuvo intentando convencerme durante unas cuantas horas de que no era un desesperado cualquiera.

Decía que necesitaba follar, que su libido no le permitía estar mucho tiempo sin sexo, y que era difícil encontrar a una chica que estuviera a su altura, que tuviera las mismas necesidades que él.


Por lo visto, las chicas con las que salía eran muy poco aventureras en el terreno sexual, y juraba que las que se encontraba por ahí, dispuestas a algo, eran más bien pocas.

Yo no entendía por qué me lo contaba a mí.

Me explicó que "había algo" en mi mirada y en mi forma de bailar, de moverme, que le hacía pensar en lo buena que sería en la cama.

Admito que la conversación no me desagradaba. Además de pillarme en un momento de baja autoestima, no me encontraba económicamente estable, por lo que llevaba mucho tiempo sin salir, sin arreglarme, sin sentirme atractiva.

No mencionó la parte económica hasta mucho más tarde, cuando ya había captado mi interés.
Notó mi respingo y se apresuró a explicarme que no me estaba insinuando que yo fuese una puta, ni le interesaba ir de putas. Según me decía, no tiene ningún problema económico, y tiene la vida resuelta.

Esto no lo entendí, pero tampoco quise preguntar. Intentaba convencerme de que precisamente no le atraía ir con una mujer que sólo se interesase por el dinero, sino que buscaba a una mujer que se interesara por follar, sin más, sin complicaciones emocionales añadidas, que disfrutase realmente del sexo, y que no follara por quedar bien. Su "regalo" monetario no sería más que eso: un regalo de parte de alguien que no le da importancia al dinero porque le sobra,como podría serlo un ramo de flores o una cena en un restaurante de lujo.

No me engañaba. Yo veía claramente que me estaba proponiendo prostituirme.

Y sin embargo me atraía el condenado. Me fascinaba su manera directa de hablar del sexo, sin tapujos, como algo que se disfruta. Eso lo entendía perfectamente. Y me intrigaba imaginarlo desnudo con su piel pegada a la mía.

Me debatía una vez más entre lo que me pedía el cuerpo y lo que me gritaba la conciencia.

Me dio su número de móvil, me dijo que lo pensara, y que lo llamara una semana después para darle una respuesta.
Se llama Daniel.

No entiendo por qué paga por follar. Es joven, guapo y rico. No necesita pagar por mantener relaciones. Yo no quería aceptar su dinero, pero él insistió.

Imagino que así mantiene las distancias, evita involucrarse emocionalmente,o yo qué sé.

El caso es que la que no se aclara soy yo.

Me fascina y me horroriza al mismo tiempo. Me siento atrapada en una red que me da asco pero de la que no quiero salir.

Hemos quedado en que me volverá a ver.
Todo empezó aquella noche de julio en la que estábamos los de siempre en aquel pub de ambiente.

En el momento en que me dirigía al baño, aquel chico cubano me dijo que tenía un cuerpo precioso, y se situó justo delante de la puerta del servicio de chicas para no dejarme pasar, y para poder verme mejor. No le hice mucho caso, y con un gesto de la mano le mandé moverse. No puso resistencia.

Al salir del baño lo vi hablando con R. Me extrañó, pero no le di importancia.

Al salir del pub R me explicó que aquel chico le había dicho claramente que quería acostarse conmigo. Le había preguntado si era mi novio. Incluso llegó a pedirle permiso para proponérmelo.

Y le ofreció 200 euros si conseguía convencerme.

R se lo tomó a cachondeo.

Yo no.

En septiembre nos encontramos con el cubano de nuevo. Estaba con dos amigos españoles, y esta vez fue uno de ellos quien intentó convencerme,directamente, sin mediadores, ofreciéndome 300 euros si me iba a su casa a pasar la noche.

La presencia del cubano me ponía nerviosa. No pude contestarle con mi habitual sarcasmo y me limité a decirle que no, que no era una puta, y que no cobraría por follarme a nadie.

No he vuelto a ver al cubano, pero anoche estuve follando con su amigo.

6 asaltos. 6 orgasmos él, 10 yo.

Y me pagó 500 euros porque hacía tiempo que nadie se la mamaba así y porque no le hice ascos a nada.

Llegué a casa de día, después de dejar su "regalo" en el banco. No quiero tocarlo.

Me duché, me enjaboné, me froté, me rasqué, y al pasar la esponja por la entrepierna, me volví a correr.

Todavía oigo su voz...convenciéndome para aceptar su dinero...que si no tenía nada de malo...que a los dos nos gusta follar...que para qué perder el tiempo saliendo a cenar, al cine o a tomar copas...que prefería darme el dinero que gastaría llevándome por ahí...

Oigo su voz y me dan ganas de volver a ducharme.

Pero no me ducharé, porque sé que me correría otra vez pensando en él.

Wednesday, December 29, 2004

No sé qué hago aquí.

Tampoco sé lo que hacía allí anoche.

Sólo sé que necesito una válvula de escape, para desahogarme.

No todos los días se convierte una en puta.

No todas las putas se convierten en bloggers.

Necesito entenderme.

Tal vez aquí lo logre.

Allí fuera sería incapaz.